Lo que relataré aquí no es más que la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad. 

Perdí la ocasión, en su momento, de hacer partícipes de mis conclusiones a los (inútiles) profesionales que casi me encierran un par de años.

Aprovecho ahora, con más años a las espaldas y algo más de fortaleza, para escribirlo. Para quien quiera leerlo...

La historia comienza en un instituto. En mayo de 1996, una madre se persona para comunicar a los tutores que su hija no va a acudir más a clase.

(cambio de escena, se ve la casa de la mujer, ella está en la cocina pelando patatas.                  Suena el teléfono, la hija (o sea, yo) sube corriendo las escaleras para cogerlo...

-" Sí? ¿Dígame?"

-"Buenas tardes, le llamamos desde el cuartel de la guardia civil. La señorita  A... S ??" 

(Con cara de extrañeza) - "Sí, soy yo. Dígame."

- "Tiene ud. que personarse, con su tutor legal, cuanto antes en el cuartel de la GC de las Rozas.  (Nótese que de abogados no ha dicho nada)"

- "Pero... ¿por qué?"

- No se lo puedo comunicar por teléfono. Tiene usted que personarse para hacer una declaración en calidad de imputada.

(La cara de extrañeza se convierte en asombro supino, no tiene muy claro si eso de "imputada" no será un insulto)

- ¿¿Comooo?? pero por qué tengo que ir a declarar??

-No le puedo decir por teléfono (pero lo dice)  Es en relación a un delito con arma blanca.

Blanca se queda la cara de la menor. Cuelga, llama a sus padres, les comunica la asombrosa noticia e intentan pensar entre todos por qué puede ser la historia. Sin haber sacado nada en claro, se personan padre e hija en el cuartel. 

 Allí, les meten a los dos en un despacho con un picoleto de oficina. Cara de amargado, cincuentón más bien pasado. Con la ley en su mano, (empiezo a hablar en 1ª persona, que teatralizar cansa) mira mis orejas, ve que en una de ellas hay una hoja de cannabis de plata y decide que soy culpable de lo que se me imputa, incluso antes de contarnos de qué estaba imputada...

El picoleto pregunta multitud de cosas. " Consume ud. drogas? ...Tiene usted una navaja? ...A qué instituto iba?...Dónde estaba usted el día nosécuándo de noséqué mes?  a las que voy respondiendo de una en una. Tengo que ir parando de hablar cada poco tiempo porque el "eficiente" individuo escribe a máquina con el método del aguilucho (dos dedos revolotean sobre el teclado en busca de la tecla perdida). 

A la pregunta de "¿Dónde estaba usted a las 5 de la tarde de tal día?" respondo preguntando qué día de la semana era. El oficinista, tras consultar un calendario, me responde que era Martes (con cara de " de esta no te libras aunque quieras") Y mira tú! justo los lunes, martes y jueves, daba yo clases de pintura y manualidades a unos 8 ó 9 niños, en mi casa.  El  oficinista sojuzga que no sirve de nada lo que yo diga si no puedo probarlo.

Cuando ya he respondido lo que había que responder, el funcionario llama a dos íncubos para que me lleven a mancharme los dedos de tinta. Sí, sí, una ficha policial en toda regla. El súcubo número uno, alto grandullón y con aspecto campechano, me pregunta sorprendido si es la primera vez que me fichan (¡!). El íncubo número dos, delgaducho y muy mal encarado, con pelo y bigotillo grasientos ( parecía recién sacado de carabanchel), me observa todo el camino hasta los sótanos del edificio, sin decir ni mú.  Allí, me meten en un cuartucho, me ponen frente a una tira guarra (con perdón) de madera, con los números mal escritos (se supone que es un metro) y me hacen los retratos de frente y de perfil. Después, me veo obligada a poner la huella digital en dios sabe cuántas cartulinas (analógicas) blancas.


...Sigue...